9 de Julio 2004

AHORA ODIO A LOS DENTISTAS

Hoy toca odiar a los dentistas.
Llegas y te tumban en una camilla pa que no te puedas marchar de allí corriendo sin tropezarte con la lámpara, la enfermera, la mesa con ruedas y todos los aparatejos esos de tortura encima, y por supuesto el señor dentista, que encima es amigo de tu padre.

Luego te encasquetan un babero porque en cuanto empiezan a hurgar ahí, se te pone cara de tonto y hasta se te cae la baba. Eso sin contar la especie de aspiradora de babazas cuya única función descubierta hasta la fecha es ponerte un dolor de cabeza espantoso.
Una vez ridiculizado para las dos horas siguientes, mientras miras con tus ojos miopes los diplomas de la pared, comienza el horror. Todas las perrerías que llevas una semana imaginando que te va a hacer se materializan, y la angustia es que no se acaba nunca! Comienza con la aguja. Esa aguja de la anestesia que te da aún más miedo que el torno, esa cosa que da vueltas y te modela los dientes desperdigando los “trozos” por tu boca… menos mal que tenemos la aspiradora esa! Y bueno ya cuando te tienen que sacar una muela es que me parto. El dentista haciendo aspavientos, algo muy cercano a tu oreja que cruje, te cae una gota de sudor de la frente del dentista, y la puñetera muela que no sale… Al final, cuando te la consigue quitar, coge y la tira, y tú que querías verla para luego contarle a todo el mundo que tenia una raíz de 2 centímetros!!!
Por fin todo termina, dejas de temblar, recuperas tu dignidad sin el babero y tu verticalidad poniéndote de pie… hasta que te oyes hablar. Ahora si pareces tonto, primero por la forma de hablar, y luego por lo que tienes que pagarle al señor dentista.

Escrito por Cris a las 9 de Julio 2004 a las 12:51 AM
Comentarios

Pero queridos amigos, estamos olvidando la especialidad preferida de los dentistas: la ortodoncia.

Estoy segura de que todos los dentistas llevan dentro un Doctor Frankenstein. Desean crear un nuevo ser; aunque afortunadamente en este caso se limiten a una boca (de los cirujanos plásticos hablaremos cuando nos llegue la hora). Adoran su instrumental, tan preciso, tan brillante, tan metálico. Aún recuerdo con horror esa fascinante cara de mi dentista la primera vez que abrió mi boca, con esa expectación, esa admiración, ese brillo en sus ojos imáginándose lo que podía hacer conmigo...
Adoran los hierros. Todos lo sabemos. Si pueden llenarte de braquets, lo hacen. Les encanta ver su obra resplandeciente cada vez que te sientan en su dama de hierro particular. Sus pinchos no son tan explícitos, pero vendrán más tarde o más temprano en forma de billetes y de gelocatil tras una noche de intranquilo sueño con sus adoradas piececitas pegadas en cada uno de tus valiosos dientes.
Ellos saben cómo retenerte. Saben exactamente lo que tienen que hacer contigo para disfrutar el tiempo suficiente de tu tortura. Un alicate allí, una goma allá. Pero sin prisa. Les encanta verte así. Hasta que llega el momento inevitable en el que dejas de interesarles. Su fantástica y horrorosa obra ha dejado de serlo, perdiendo así todo su espanto. Y te desprecian. Te liberan de sus yugos. ¡Eres libre! Pero también eres uno más entre los miles de maniquíes de sonrisa profident. Y aunque tu sonrisa brille, nunca lo hará con el mismo fulgor que esos endemoniados maestros del metal te concedieron.

Escrito por Nashira a las 19 de Julio 2004 a las 08:29 PM
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